Los minutos se convertían en horas,
horas que sumían a la pareja en la más absoluta oscuridad. Pasillos
y salas iban quedando atrás, registrados hasta el ultimo de sus
rincones, pero sin suerte. El silencio más abismal era roto
únicamente cada 10 minutos por unas breves comunicaciones por radio
entre Augusto y el Mariscal imperial, la única forma que tenían de
llevar cierto control del tiempo. Las conversaciones entre Augusto y
Meginhard se habían reducido a simples peticiones sobre por donde ir
o que registrar, breves, sin esperanza de que estas dieran fruto,
pero ¿qué podían hacer?
- Ni un maldito cartel informativo. Se quejó Meginhard.
- ¿Y que esperaba sargento? ¿Que el enemigo le indique el camino? Ironizó Augusto.
- Maldita sea, no espero tal cortesía, pero estos... mierdas... ¿Como coño se orientaban?







